martes, 10 de mayo de 2022

Edipo, aún - Por Darío Gigena



"Para que haya realidad, para que el acceso a la realidad sea suficiente, 

para que el sentimiento de la realidad sea un justo guía,

para que la realidad no sea lo que es en la psicosis,

es necesario que el Complejo de Edipo haya sido vivido”.

Lacan (Seminario 3) 1955



“Retiren el Edipo, y el psicoanálisis en extensión, diré,

pasa enteramente a la jurisdicción del delirio

del presidente Schreber.”

Lacan (Proposición del 9 de Octubre) 1967



“Anudarse, de otro modo, eso es lo que constituye

lo esencial del complejo de Edipo,

y es muy precisamente en eso que opera el análisis mismo.”

Lacan (Seminario 22) 1975




Cero

Las citas plantean una paradoja. Sitúan al Edipo como condición para que la realidad no sea lo que es en la psicosis, y al mismo tiempo, lo plantean como un anudarse de otro modo que resulta de la operación del análisis mismo.

Uno

A menudo retorna el grato recuerdo de una cita de Ricardo Piglia. Hoy la traigo, puesto que hace eco del tema que nos reúne, y presentifica cierta extranjería -Piglia no fue psicoanalista, quizá sí, un gran analizante- al servicio de un relevamiento, de una extracción, de un señalamiento que aproxima una verdad conveniente a una ética y a una estética, quizá.

“El psicoanálisis es una de las formas más atractivas de la cultura contemporánea. En medio de la crisis generalizada de la experiencia, el psicoanálisis trae una épica de la subjetividad, una versión violenta y oscura del pasado personal; en medio de nuestras vidas secularizadas y triviales, nos seduce admitir que en un lugar secreto experimentamos o hemos experimentado grandes dramas, que hemos querido sacrificar a nuestros padres en el altar del deseo y que hemos seducido a nuestros hermanos y luchado con ellos a muerte en una guerra íntima y que envidiamos la juventud y la belleza de nuestros hijos y que también nosotros (aunque nadie lo sepa) somos hijos de reyes abandonados al borde del camino de la vida. El psicoanálisis nos convoca como sujetos trágicos; nos dice que hay un lugar en el que somos sujetos extraordinarios, que luchamos contra tensiones y dramas profundísimos, y esto es muy atractivo. De modo que el psicoanálisis, como dice Freud, genera resistencia y es un arte de la resistencia y de la negociación, pero también es un arte de la guerra y de la representación teatral, intensa y única. ”[1]

Dos


Esa condición de extranjero es decisiva. Recojámosla, sigamos su rastro. En La hospitalidad[2], Jacques Derrida (¿otro extranjero para el psicoanálisis?) coloca a Edipo como figura privilegiada del extranjero, el anomon (el-fuera-de-la-ley), el xenos parricida e incestuoso. Su lectura se centra en Edipo en Colono. Allí Edipo es un viejo que ha perdido todo: su juventud, su poder, su patria, sus ojos, su fuerza, su orgullo. Edipo es el que habla como extranjero, en el extranjero, y a extranjeros; un Edipo que llega ciego, viejo y moribundo, junto a su hija Antígona que lo guía, a la tierra de Teseo pidiendo asilo, solicitando hospitalidad. Busca su último lecho, morada final en que morir lejos de su patria. Instancia que resuena en nuestros oídos: ¿no es el sujeto que nos interroga, el sujeto del inconsciente, ese raro sujeto freudiano, un exiliado por definición de sí? ¿No es un extranjero que por principio anda en busca de un lugar en el Otro? A ese ninguna palabra lo define, y sin embargo, en la articulación de sus dichos se enhebra un decir singular, secreto y portador de una verdad irrepetible… Nuestra experiencia mora, se nutre de la escucha de la voz delos exiliados, delos sin refugio, delos expulsados de sí… (Hace poco alguien me decía: por videollamada o por teléfono no voy a poder hablar, necesito estar donde usted este, lo que tengo que hablar necesita de paredes…) La expulsión pudo ser del campo familiar, amoroso (o sexo-afectivo), laboral, vocacional, o cualquier otro. El síntoma y su insistencia repetitiva, y no menos la angustia, pulverizan cualquier identidad precedente, atentan contra la burbuja identitaria, quiebran la armonía esférica del yo; así ¿por qué no considerar a nuestro sujeto un indocumentado radical? ¿Uno cuya identidad se ha extraviado sin remedio? Recuerdo aquella metáfora freudiana del que en su propia casa ya no es amo ni señor.

Tres

¿Qué pide el hablante al psicoanálisis? ¿Qué habita en el corazón de la demanda? Otra realidad ¿Otra respecto de cuál? Otra que aquella que Freud llama realidad psíquica. Y que tiene perfectamente un nombre, “es lo que se llama complejo de Edipo. Sin el complejo de Edipo, nada se sostiene”… dice Lacan en el Seminario 22[3]. Esa realidad, en Freud, como cuarta cuerda, anuda las tres restantes de Lacan: RSI.

Dado esto, avanzo. Si la transferencia (me cuido de anotar amor, puesto que ¿existe una cosa tal como el amor de transferencia? ¿no sería hora de interrogar a qué llamamos amor en el análisis –o transferencia positiva?¿Qué entendemos cuando afirmamos localizar al analista en el lugar del objeto a, resto o residuo de un discurso? ¿Cómo situar la transferencia de goce, de lo mortificante a partir de aquí?) hace existir al inconsciente como saber, el analista ¿no es esa función que se especifica por una proposición dirigida al analizante que dice: “Hey! Tú! Vas a ser un poeta! Vas a crear una realidad nueva con palabras.”

Poeta señala ese movimiento hacia a otra realidad por la concatenación del verso toda vez que se cuartea el poderío del imperio del yo. Pero cuidado! No sin la transferencia, que lleva a lo insabido de una trama significante por la que habrá efectos de verdad traducibles a la vida concreta de un sujeto. En el seminario 20 Lacan apuesta al poeta que, sin saber, hace y dice pagando el precio de ser “…devorado por los versos que entre ellos hallan su orden sin preocuparse, resulta evidente, de lo que el poeta sabe o no.”

Menos por el verso novedoso que por las versiones inéditas que el lenguaje (el inconsciente) tendrá a bien proveer, el oficio del poeta descansa en el acto de donar lengua; y poética es la interpretación en el análisis que por contingente suscita un encuentro entre lo no-nacido y la letra, ahí donde impera la penosa o sintomática turbulencia de lo innominado. En su seminario XXIV, Lacan anuda escritura poética e interpretación, y dice “con la ayuda de lo que se llama la escritura poética, ustedes pueden tener la dimensión de lo que podría ser la interpretación analítica.”

Poética es también la función de equivocar el sentido único. Y la eventualidad de destotalizar una argamasa de sentidos, abriendo espacio al sin-sentido de estar necesariamente bien en el mal.

Cuatro

Partiendo de la praxis, y haciendo a un lado la vertiente que lo reduce a la mera rememoración de acontecimientos biográficos primordiales cargados de sentido (con frecuencia destinados a engrosar los complejos familiares), Edipo puede articularse como escritura de un trazado. Escritura de una curva que sale de un punto, punto de partida, y arriba a otro, punto de llegada (sin hacer del psicoanálisis un procedimiento ordenado a un programa, sin saturar el lugar de la causa, sin objetivar el sitio del origen). Propongo detenernos en el par Edipo en Tebas - Edipo en Colono. La doxa psicoanalítica ha coagulado en una parte del mito, Edipo Rey, el parricida e incestuoso, lo central de su estructura, cercenando otras derivas… pars pro toto. Sitúo entonces un vector que recorre dos realidades. ¿Hay ahí algo aún que recoger? Un algo que connote, en el tratamiento intensivo del mito, un más allá del mito.

El mito, como la pulsión (¿nuestra mitología decía Freud?) suministra una imagen que tapa un agujero. Cuando sube a la escena, lo mítico novela una pérdida de goce irremediable. El mito es esto: “el intento de dar forma épica a lo que opera a partir de la estructura. El impasse sexual secreta las ficciones que racionalizan el imposible del que proviene” (13, p.558) decía Lacan en Televisión.

Temática cara al pensamiento moderno: ir más allá del Edipo. Quiero señalar que no es sólo un requerimiento externo al psicoanálisis, que no lo pienso reducido a una demanda proveniente de nuevos colectivos, portavoces de probables nuevos posicionamientos en relación a nuevas identidades sexuales, o respecto de la autoridad paterna o del denominado patriarcado. La pregunta por un más allá del Edipo no responde a una lógica de género. En efecto, existe todo un apartado en nuestro propio campo dedicado a meditar en torno a un más allá del Edipo, aun franqueamiento del mito (para alcanzar la estructura), un dejar atrás esas narraciones sobre el padre consignadas a novelar la pérdida de goce que por estructura acontece por el hecho de ser parlantes… Hay algo imperioso, algo que urge por salir de ese atolladero. Un horror anida en el mito edípico, algo en él quema... El mismo Freud escribió untergang, sepultamiento, hundimiento, caída, envío al fundamento, represión… para hablar de la clausura de su pleno dominio. El libro del Edipo a la Sexuación, de la EOL, es sólo una muestra del interés que acapara dicha temática.

Respecto del vector propuesto, en los análisis tenemos más elementos para situar los puntos de partida, cierto es. Freud propuso la metáfora del ajedrez; los comienzos pueden estimarse con mayor justeza. Los finales son menos discernibles, rehúsan la tipificación. Sin embargo, buena parte de nuestros interrogantes van por las respuestas que tienden a establecer el fin de análisis. ¿A dónde conduce un análisis? En una entrevista del portal El cohete a la luna del año 2019, en su nota Sinceramente, de Alejandro Jasinsky, el psicoanalista Juan Carlos Volnovich, cuenta que “Por ejemplo, hasta ese momento (los `60), un candidato que estaba en análisis didáctico, para ser dado de alta – esto es, para poder acceder a la condición de miembro adherente y seguir ascendiendo – tenía que reunir tres condiciones: tener éxito profesional, tener buenas relaciones sexuales, y tener buenas relaciones afectivas.” Es decir, alcanzar el denominado “carácter genital.” No sólo Kesselman afirmó que no alcanzan estos tres criterios para ser considerado sano. Lacan dijo otras tantas cosas: mentó del biendecir, que yo asigno a un final de la cura; de la distancia máxima alcanzada entre ideal y objeto pulsional; de la identificación al síntoma; del hecho que el analizante le hable de él a su analista; etc. Hoy los lacaneanos hablan de destitución subjetiva y arribo de la falta-en-ser, caída del sujeto supuesto saber, atravesamiento del fantasma, pasaje al acto analizante sin la garantía del Otro, anudamientos novedosos, re-escrituras del nudo, etc. Es decir, con el deseo, más allá de la homeostasis. Análisis terminable, una pasión que nos concierne. Al margen ¿no es lo interminable de un análisis lo que sostiene al analizante en su decir? ¿No es lo interminable lo que sostiene al psicoanálisis? Otra vez ¿qué queda del analizante al término de un análisis? ¿Cuál es el destino del síntoma sin el analista?

Cinco


Edipo como complejo es ese artificio que da continuidad a la labor de Freud en torno a la histeria, una vez abandonada la teoría de la seducción paterna. “No creo más en mi Neurótica”, había reconocido en setiembre de 1897. Así dejaba parcialmente atrás las inconsistencias que sembraba su “deseo de atrapar (en todos los casos) a un `pater’ como causante de las neurosis”, (Mayo 1897).

El 6 de mayo de 1897 Freud ya había mencionado a Fliess un descubrimiento, el de “una nueva fuente de la que proviene un elemento nuevo de producción inconsciente. Me refiero a las fantasías histéricas, que regularmente, según veo, se remontan hasta las cosas que los niños oyeron tempranamente y sólo supletoriamente comprendieron. ”En Julio de ese año habla de las falsificaciones del recuerdo.

La primera alusión a Edipo es de octubre de 1897 “También en mí he hallado el enamoramiento de la madre y los celos del padre. La saga griega apresa una obligación que cada quien reconoce porque ha registrado en su interior la existencia de ella. ”En la carta 347 habla por primera de “novela familiar. ”Estamos en 1897.

De allí en más, la Interpretación de los sueños (1899)[4] y su primera tópica icc, prcc, cc; Recuerdos encubridores (1899); Fragmento de análisis de un caso de histeria, el caso Dora (1901), Psicopatología de la vida cotidiana (1901), Los tres ensayos (1905), El chiste… (1905.) El inconsciente, la sexualidad infantil, las proto-fantasías, la asociación libre, la atención flotante, la neutralidad analítica, la interpretación, etc. En suma, la realidad psíquica misma, tal como la construye el psicoanálisis.

Con Edipo datamos el comienzo del psicoanálisis propiamente dicho como elevación de esa otra escena, con domicilio en el inconsciente, fundamentando la división del sujeto.

Seis


A partir del texto Edipo filósofo[5], del francés Jean - Joseph Goux, propongo pensar dos tiempos, dos caras, dos Edipos para tomar este mito fundacional de occidente y extraer de ello un principio de lógica.

Débil de pies pero fuerte de cabeza, Edipo Rey es aquél que vence por el intelecto a la esfinge (provocando su suicido) y resuelve el enigma, que es una prueba de lenguaje, dando una respuesta atea, autodidacta e inteligente. Una palabra sabia libera a la ciudad de la peste que la azotaba. Edipo elude así el rito de pasaje iniciático que anida en toda hazaña atribuible al héroe de los mitos más emblemáticos (Perseo, Belerofonte, Jasón, etc.) Y así se vuelve soberano.

Edipo sería el primer no-iniciado de Occidente, que evita el pasaje por la castración, es decir, elude el enfrentamiento con el monstruo femenino (la Gorgona, la Quimera, la Esfinge) y evita el compromiso corporal de arriesgar la vida para integrarse a la comunidad de hombres deseantes como entidad auto-sostenida. Con él, se inicia una tradición humanista que elude el rito de iniciación, presente en las demás culturales no occidentales.

De tal prueba intelectual se sigue el matrimonio con la reina Yocasta (yo ¿casta?), su madre, y el devenir Rey de Tebas. Con anterioridad mataba a un hombre en la encrucijada de un camino. Así asesinó a su padre. Tenemos aquí al violento parricida y al perverso incestuoso que no sabe que lo es. Tomar el lugar del padre, y transgredir la prohibición primaria del incesto produce el franqueamiento ilícito de dos límites. El escamoteo de lo que debiera haberse impuesto como pérdida, renuncia o prohibición de goce, puede anotarse aquí como evitación o elisión.

En Edipo en Colono el vuelco es radical. Edipo aquí deviene un creyente, un obediente, un respetuoso de las leyes. Se trata de un anciano ciego, un exiliado de su patria, que presentifica una desposesión y una desnudez extremas, ha tocado el fondo de la desgracia humana. Y sin embargo, se encuentra en el horizonte de un cambio que ha de restablecer una estabilidad o equilibrio perdidos. En el colmo de su hundimiento, se presta a poner otra vez de pie. Pero no es un volver a un lugar previo, se trata de un elevamiento a un sitio novedoso, que lo pone en contacto con los designios de los dioses, por un acto que recupera lo sagrado, y esto, en el umbral de su muerte. Cada escena de Edipo en Colono participa de un acto de purificación y de expiación ofrecido a los dioses de un lugar sagrado y extranjero. Esta vez Edipo pide ser enseñado. Quiere atenerse a las reglas del lugar en el que él es extranjero. Cumple con humildad los ritos foráneos. Todo se encuentra bajo jurisdicción de lo divino. “Si Edipo Rey es una tragedia de la profanación, Edipo en Colono se desarrolla en una atmosfera de intensa sacralidad.” “Los dioses te elevan después de haberte abatido” dice Ismena, una de las hijas de Edipo. “Ahora, que ya no soy nada, me vuelvo verdaderamente un hombre.” Pero antes de morir, un secreto tiene entre manos, que sólo ha de transmitir a Teseo, el elegido, para el bien de su ciudad de modo inextinguible. Con Edipo se instituye un verdadero ritual de iniciación. Una tradición. Y una transmisión. Toda la dramaturgia del segundo Edipo se organiza en torno de la conciencia escrupulosa de las fronteras y del respeto de los límites. Edipo rey, aquél que rechazó las enseñanza de los sabios y la ayuda de los dioses por una presunción de la razón, aquél que fue un canto vivo a la transgresión, ahora en Colono, el que no sabía, ahora algo sabe. Y es su secreto a pasar a otros. Edipo, en Colono, culmina su derrotero y se emplaza en un lugar atópico, insituable por la razón y la percepción, lo alter por antonomasia: una tumba atópica. Así, Edipo, instaura una transmisión. El viejo Edipo se encuentra en el origen de otro saber.

¿Qué tomo de este otro Edipo? Una admisión de la antecedencia conexa a la instauración de un porvenir. Tradición y transmisión, al mismo tiempo, se ponen en función. Más allá del padre, a condición de servirse de él. Destitución del sujeto culpable, irrupción de un uno que se hace cargo (responsable) por lo imposible, la muerte. Un atrás y un adelante inusitados cobran nuevo valor. Se trata del origen de otro saber, ha transmitir a otros. Es el nacimiento de un nuevo amor. La admisión de la alteridad como un más allá del sujeto auto-centrado, pero en el corazón del ser: Edipo es guiado por Hermes y los dioses subterráneos. Edipo se orienta, Dios es inconsciente, los dioses son de lo real. Entonces, se vuelve incauto de las leyes de Colono, y se atiene a su estructura, el extranjero en mí. Lazo benefactor a la polis. Movimiento político de salida de sí hacia lo alter. Una orientación posible a la comunidad.

Darío Gigena

Abril 2022





[1]Piglia, Ricardo. Formas breves. Anagrama. Buenos Aires, 2000.


[2]Derrida, Jacques. La hospitalidad. Ediciones de la flor. Buenos aires, 2008.


[3] Dice Lacan en el seminario 22: “Freud no era lacaniano, pero nada impide suponerle mis tres registros. En Freud los tres no se sostienen solamente, están puestos uno sobre otro. Así, ¿qué ha hecho él?, ha agregado un redondel, ha anudado con un cuarto las tres consistencias a la deriva”.

[4] Hacia 1931 Freud insistía en afirmar que ese libro contiene “el más valioso de los descubrimientos que he tenido la fortuna de realizar.” En 1908, en el prólogo a la segunda edición, acerca de dicha obra Freud dirá: “…era una parte de mi propio análisis, representaba mi reacción frente a la muerte de mi padre, es decir, frente al más significativo suceso, a la más tajante pérdida en la vida de un hombre.”


[5]Goux, Jean – Joseph. Edipo filósofo. Editorial Biblos. Colección Daimón. Buenos Aires, 1998.

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