Reunión del 28/5/22
Lo que sigue debe ser considerado la respuesta a un estímulo invalorable, dado en el marco de un análisis. Paso a explicarme: la escena transcurría con sesiones telefónicas, opción que se sostenía argumentando una distancia territorial mediante, no sin la promesa de acortarla cuando se diera la ocasión. El paso del trabajo era intenso y sostenido, sin más condiciones que establecer horarios de agenda. La palabra no presentaba más dificultades que las inherentes a su naturaleza; fluía con velocidad y riqueza de acontecimientos discursivos: agudezas, astucias, chispas de sentido, tonos poéticos y esas cosas del habla que los analistas conocemos. La cercanía con las letras se hacía tan evidente como necesaria, cosa que no tardaremos en comprobar.
Al cabo de un tiempo, sobrevino una situación por la que quedó planteada una diferencia de honorarios. Samanta respondió a ello de manera por cierto singular. No tardó en llegar a mis manos un envío de correo con un sobre conteniendo un libro a modo de pago que saldara la deuda contraída. Una llamativa encuadernación que ustedes tendrán oportunamente a la vista en esta reunión y un título, como mínimo sugerente. También un desarrollo del que, entre otros recursos, justamente me serviré. El saldo de esa deuda continuará su camino y hará lo propio con otra de la cual, el presente trabajo pretende ser a la vez, su pago. Mi deuda con este grupo de analistas.
EL AMOR
Vivimos un momento privilegiado si se quiere, de cierta efervescencia social que construye y renueva un interrogante para nosotros, analistas, de manera ineludible. Hoy en día, puestos a llenar cualquier formulario que solicite consignar el sexo, observaremos más puntos suspensivos que nunca. ¿Por qué dice “sexo” y no “genero”?
Freud, en algún lugar dice que la primera pregunta que nos hacemos cuando nos cruzamos repentinamente con alguien, es si es hombre o es mujer. No sabemos si hallar la respuesta alguna vez fue fácil. En cambio, hoy nos consta que la interpelación se acentúa, al punto que ese asunto puede perfectamente fundamentar todo el desarrollo de un análisis. Sin duda, la declaración de sexo no nos entrega certeza pues no es, ni podría ser, el resultado de ningún proceso de identificación sexual definitivo. El análisis no es una orientación vocacional. Dos coordenadas freudianas fundamentales desde el inicio, como son sexo y muerte, sostienen hasta el final de la labor, la pregunta analizante. No obstante, debo decirles que no nos ocuparemos particularmente de ellas, sino de una dimensión que las articula y las pone en estado de trabajo a partir de una condición de análisis: la experiencia transferencial. Hablamos y hablaremos del amor.
Anticipamos la propuesta. Abordaremos el tema que este año nos reúne, la noción de diferencia en varios órdenes, no precisamente a partir de la cuestión sexual directamente tal como es esperable hacerlo, sino intentando pensar el asunto a la luz de avatares amorosos, en estado avanzado, por así decirlo. Caen en la alusión tanto analizantes como analistas, no así público en general, preocupación que dejamos para las ciencias sociales.
“Diga lo que quiera”, oferta inaudita del análisis es invitación a la transferencia y su correspondiente sostenimiento, o sea, la inminencia del amor. Ello no permite al analista, en este caso llamado a ser el causante, refugiarse en ninguna técnica, aunque ésta tienda a ser la solución imaginada y cada tanto hecha teoría. Por el contrario, el analista no queda al margen de tomar ese riesgo, de hecho formarse es mucho más asumirlo, que aprender la manera de esquivarlo. Sostener la oferta no es inocente, la angustia que preanuncia sin explicar lo que se viene, se hace un lugar en el cuerpo también del analista. Inminencia entonces del deseo del Otro. Transferencia en sus efectos. Lacan decía que eso se leía, por ejemplo, en la preocupación de la mujer de Breuer cuando el diablo se les metió en la alcoba. Al médico, cómplice de Freud en los estudios sobre la histeria, le tocó escuchar en la intimidad una observación, “te ocupas mucho de ella”. Puesta en acto de la realidad sexual de lo inconciente y el avatar amoroso inmiscuyéndose en la vida del “hombre de ciencia”. Ningún profesional a salvo del amor que el artificio pone como condición para que una práctica donde la suposición de saber, motorice el cometido. En suma, analizar y analizarse.
EL SABER
Las historias comienzan empujadas por un semblante de saber. Amo en la medida en que sabe (S2), pero no se en la medida en que amo($). Hacerlo también introduce cierta ceguera ignorante pero no irresponsable. No saber, como analizante lo que le espera, sobre aquello que el amor le depara. “Te amo aunque no lo sepa”. No obstante, soy inocente. Lo contingente inesperado por definición, mete la cola generando un desarreglo temporal para el cual no hay prevención posible. No es en la esquina, es a la vuelta. El amor implica un giro, una alteración en la marcha, un tropiezo, una especie de enfermedad, la neurosis de transferencia como lo necesario para sostener lo imposible del análisis. Implica la experiencia de revelarse entregado, allí donde eso ama algo en el Otro sin consulta previa. Imaginen dónde queda cualquier suposición de dominación, de equiparación de poder y de pretendida auto percepción de identidad. Cuando pasa a saber de qué se trata, es siempre tarde, ya está disparado el amor-pasión. Eso se lee en el grafo del deseo comandado por el Che Vuoi. Si es así, ese también es el grafo del amor y por allí vamos.
SORPRESA DE AMOR
En el film que anticipé hace unos días: “El Juego de las Lágrimas” dirigida por Neil Jordan en el año 1992, puede advertirse el trazado de una senda a la que empuja una verdadera demanda de amor. Absolutamente afectado por el deseo del Otro, tomado en una trama discursiva notable, uno de los personajes (Fergus) se ve llevado a vivir una experiencia límite. En él, eso ama bastante más allá de sus reparos, de sus objeciones ideológicas, de su supuesta condición de hombre y de la frontera de su prudencia. Desemboca en una escena en la que, para avanzar en el amor o mejor dicho, para hacer lugar a un amor que avanza camino a un semblante femenino (Dil), Fergus cruza el rubicón, el amor le reclama ir más allá de su estómago (y eso se ve en la escena). He aquí la función de una diferencia radical a soportar a la que no conduce sino su apasionamiento. ¿Hay allí relación sexual o su no hay se revela más aún? Aún. En una clase de ese seminario, Lacan advierte que lo que escribe en la pizarra, inevitablemente achata. Las formulas de la sexuación. ¿Acaso la sexuación tiene su fórmula y el amor su lógica? Ni los cardiólogos terminan de saber cómo funciona el corazón. Cito un pasaje de un texto de Bernard Casanova “De uno que dice que no”, incluido en una la revista Littoral, números 11/12 que lo dice bien:
“Escribir estas fórmulas, es escribir la imposibilidad de escribir la relación sexual; toda escritura no haría más que repetir esta misma imposibilidad”
FLECHAZO QUE DUELE
Destaco entonces el carácter perforante (también de cualquier teoría) de un amor llevado a sus últimas consecuencias. Por eso el amor duele cuando atraviesa. Inquieta. Cupido, el angelito campeón de tiro al arco, no usa anestesia ni responde de su acción. “The Crying Game”. Al comienzo de la trama, se deja oír ir una conocida canción: “Cuando un hombre ama a una mujer”, tremenda ironía del director ya que cuando el film se va desplegando, entran en duda para el espectador ambas identidades. De comienzo vemos un prisionero que con habilidad invierte el juego. Apresa a su guardián, propiciando una amistad con quien se muestra sensiblemente débil a ella. Es allí donde recibe casi la orden de visitar a Dil, novia del condenado a morir, para terminar luego casi muerto por ella, apresado en los tules del amor irreflenable. Hasta aquí mi referencia. Dejo para el debate si así tuviera que ser, extraer de la película, mayores consecuencias.
UN OBJETO, DOS OBJETOS…
A Freud, ocupándose de la pulsión, se le hace necesario discriminar un objeto de otro. No es tan sencillo como ubicar al del amor de un lado y al de la pulsión del otro. La respuesta obsesiva escamotea la complejidad de la vida erótica y la histeria introduce la falsedad de un interés en el falo. La envidia reivindicativa no se detiene allí. Para el analista que quiera enterarse de cómo sigue, le espera lo candente del análisis, más allá del falo. To be continue. Pero sucede que hay veces que quien escucha encuentra en ese umbral su límite. ¿Fantasma mal analizado en él, o lo que es peor a medias en sus tiempos? Puede ser. Es un “hasta aquí llegamos”. Muchas veces está bien. Pero el amor puja y solicita mayor responsabilidad. Consideramos que resulta necesario articular las vías de producción de diferencia. El análisis es, se puede decir así, una rumbo a la diferencia. Sexual, sin duda y a la vez su correlativa en el campo del amor. Establecerla más que a partir de compartimientos estancos, de una topología que se muestre a la altura de la complejidad que demuestra tener en los testimonios mismos de los analizantes.
Ahora bien, que el amor vaya al lugar de la relación sexual que no hay, no implica que su correlato en esa dimensión, tal como vimos, deje de hacerse sentir. Como toda suplencia y sobre todo si alguien no vota por su ilusión, deja una estela que si la seguimos, veremos aparecer la función de la diferencia en el sujeto, de manera elocuente. Lo que se denomina un pacto de amor implica su cumplimiento, en ocasiones bajo el dulce apremio de la muerte. Allí, como anticipamos, no es sólo sexo y muerte, cosa enmarcada como destino en la pulsión, sino amor y muerte, trama que aprendimos a reconocer en las buenas producciones románticas, o cuando el arriesgado al amor canta:
“Y morirme contigo si te matas
Y matarme contigo si te mueres
Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan nunca mueren…”(Sabina)
La muerte inscripta en el horizonte del amor, hace de la experiencia algo vivo, ética de asumir lo real de la responsabilidad de amar, uno de los hitos para Freud del fin de análisis. Alegría de estar vivo para Lacan tentando con el psicoanálisis en EEUU. Por ende, renegará de la diferencia, quien tenga la desgracia de ahorrase ese paso, por más héroe que se suponga en el ejercicio de su sexualidad. Por eso Freud a los perversos los llamaba “pobres diablos”.
DE AMORES QUE SON UN CASO
Aquel libro que había llegado a mis manos no era otro que una particular ocurrencia de Anne Dufourmantelle que titulara “En caso de Amor”. No haré una reseña del texto, pero recortaré algunos pasajes. Dice:
“Si el psicoanálisis es uno de los posibles eventos del amor, es en ese sentido una revolución silenciosa, cuyo eje secreto es eso que se pasa de sin sentido entre dos personas que no se acarician jamás y que, solamente se hablarán”
La noción del amor como evento nos interesa. Ex-venire como raíz genera términos como devenir, porvenir, convenir, inventar, intervenir y aventura. Ventura, aventura y desventura se conjugan en la dimensión amorosa siempre. Todos ellos, significantes que participan del halo del amor entendido como acto. En este sentido, rescatamos dos casos presentados por la autora. Cada uno con su singularidad y en apariencia opuestos. El primero, el de una mujer llamada Mina, quien demanda que “le saquen el amor de encima”. El segundo, un hombre que trae una escena en la que salva a un niño en un paseo por el río, lo cual sin embargo es tomado para gusto de la mirada de una testigo, como un intento de seducción perverso sin poder reconocer el amor que supuso su acción. En el primero un amor que molesta, en el segundo algo que molesta al amor. En uno y otro, el amor en el centro.
Ahora bien, sorpresa le esperó al que esto escribe al llegar al página 33 del libro. Leo:
“Mina una noche olvido pagar. Y deja a medianoche un mensaje enloquecido en el contestador de la psicoanalista. Como si la falta fuera imperdonable. Ella está dispuesta a interrumpir todo, toma este olvido como signo de rechazo a lo que pasa de mas importante en la transferencia. Signo de ingratitud imperdonable a los ojos de Mina, a lo que la analista no puede más que oponer el silencio, secretamente aliviada de que al fin una “falta” viene a perturbar el curso de las sesiones tan impecablemente construidas. ¿Qué es esta deuda que fuerza el pasaje al acto? ¿A favor o en contra de que esta deuda fue contraída?”
¿Se le pide al texto que asuma el relevo de lo que quedó sin decir? ¿Quizás un modo de “sacarse la transferencia de encima?
EL AMOR EN SERIO, EN SERIE
Voy a valerme de algunas imágenes de la segunda temporada de una serie televisiva que se llamó “Merli. Sapere Aude”. Del sinnúmero de personajes que deambulan en ella, nos detendremos especialmente en dos de ellos. María Bolaño, profesora de Filosofía y Dino, dueño de un bar nocturno en Barcelona al que concurre cuanta rara avis habite la noche. Las escenas están tomadas de los últimos cuatro capítulos de la trama para quien quiera ampliar la referencia. María se presenta entregada a su desazón casi en todo orden de su vida, mientras Dino le aclara que “ante todo es homosexual”. Entonces, a la vez que se encuentran, cada uno presenta credenciales en contra de cualquier intento de lazo. Pero eso no es más que el comienzo de un devenir sorprendente. El juega su palabra aguda haciendo notar un abandono estético en ella y ella, casi en el borde de marcharse, al verse descubierta acepta la invitación de Dino que le dice: “Si te quedas, te peino yo”, cosa que hace. María disgusta del arreglo en el gesto de retomar su escape. Un significante da título al capítulo, “Llorir”. Metáfora que condensa reír y llorar. Es lo que pasa entre ellos a esa altura de un encuentro marcado más por diferencias que coincidencias. Cuando él la hace reír, cosa nada fácil dada la amargura de María, Dino dice que a eso le llaman “el orgasmo gay”. Que es cuando un maricón hace reír a una mujer. La perforación va en camino. Acortémoslo. Vamos a la escena definitoria que envié previamente por whatsapp. En ella se puede ver y sobre todo escuchar cómo algo del amor suspende presunciones anticipadas e instala en su lugar un juego posible, no sólo de lágrimas, también de risas ahora. De hecho, se da a entender que un viaje a Grecia les otorga un escenario apropiado para que en ella su escéptica filosofía no le impida un beso ¿de un hombre? Y a él, su carnet de homosexual no lo deje sin besar. ¿A una mujer?
En las “Memorias del Abate de Choisy, vestido de mujer” al que Lacan hace frugal referencia, puede captarse el ejercicio del amor despejado de aquello que rápidamente podría despacharse aludiendo otra vez a la perversión. La tangente conocida de la imputación moral.
Pregunta: ¿en el suicidio del perverso no hay acaso una tardía y repentina confesión a nadie del profundo dolor por no haber podido amar? ¿Qué pasó, no pudo con la diferencia y la única posible fue entre la vida y la muerte?
FINALMENTE
Quizás haya que seguir la huella del coraje de tantos jóvenes que hoy nos dicen “amar a una persona”. Trans, bi, lesbiana, mujer, gay, hombre o más o menos, que importa si de amor se trata! Algunos casi nos lo gritan. No son tontos, van llegando de a poco a los consultorios, sobre todo si hay alguien que los aloja, es decir los escucha sin presentar documentos, tampoco pidiéndolos. Escuchar, eso sí. Mientras el psicoanálisis tenga una diferencia que ofrecer…
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