miércoles, 12 de julio de 2023

SUSPENSION DE LO INCONCIENTE EN EL MARCO DE UN ANALISIS. OTRO GOCE

                     “… pero más te agradezco lo que 

                                                      no me dijiste.”  


                                                        Este año, impulsados por una propuesta a nuestro juicio muy oportuna, ya que, sin duda, concierne a nuestra clínica psicoanalítica. En verdad tensaremos la pregunta por el alcance de cada análisis. 

Amar y trabajar decía Freud. Estar contento de estar vivo suponía Lacan en los Estados Unidos. Hemos elegido el parámetro del que hacer con el goce y tal como vamos a ver, con el así llamado otro goce. Que alguien se haga escuchar en lo que dice, ciertamente nos resulta esperable, pero lo silenciado y no precisamente por censura, es otra cosa, es de otro calibre para nosotros. Pretendemos trabajar en esa dimensión del más allá del habla, en ese mutis cuya ética nos  interroga. Si el síntoma entendido de manera tradicional, dado el sufrimiento en juego es lo que “da que hablar”, aquello que no responde a una  lógica propia de las formaciones de lo  inconciente necesariamente solicita que tomemos  a su vez otra posición.   Y tal vez nos sorprenda un poco que ese trabajo pueda seguir siendo aún del psicoanálisis. Allí donde lo transindividual de lo inconciente ya no responde ni crea, allí donde, justamente, ya no se goza de su generosidad significante.  Donde, de alguna manera, quedamos desasistidos del uso de la palabra. Ni sueño, ni lapsus, síntoma o witz. Menos un fantasma como axioma siempre tapón justificador del goce.   Y si Lacan decía que la formación del analista eran las formaciones del lo inconciente, todo esto lo deja rengo en su trayecto de análisis pues se trata de una instancia que él no puede no tener en cuenta, esto es, otro goce. En su momento entendimos qué quería decir que “el analista forma parte del concepto de inconciente” pero no sabemos de qué forma parte cuando lo inconciente no responde. ¿No será que ya no tiene que formar parte de nada?  Va entonces la pregunta: ¿De qué se sostiene en ese tiempo –si lo hay- el deseo de analista?


ALGUNAS NOTAS PREVIAS ACERCA DEL TEMA


Un Cuarto Propio

En 1928 la invitan a Virginia Woolf a exponer sobre las mujeres y la ficción. Propuesta nada ingenua pues al ámbito lo constituyen dos colegios universitarios para mujeres de la Universidad de Cambridge. En esa época, el acceso femenino  a las aulas superiores estaba lejos de ser facilitado. La metáfora literaria del cuarto propio llama a entenderla como el lugar de enunciación desde el cual quien fuere, puede decir lo suyo. Es desde allí que Virginia expondrá lo de ella. 

Hay una idea que a nuestro gusto configura un asombroso adelanto. Citándolo a Coleridge afirma que “una gran mente es andrógina”. “…resonante y porosa. Transmite la emoción sin impedimento, naturalmente creativa, incandescente” “Si uno es hombre, no obstante su parte femenina debe tener efecto; y una mujer también tiene que tener trato con el hombre que hay en ella”. Por su parte, Galeano, en  “Los Hijos de los Días” nos recuerda que los meros, peces muy curiosos, son capaces de pasar del lado masculino al femenino con facilidad, sin tener por ello, dice, que pasar al manicomio. Tiresias del agua.

 Un cuarto propio implica el recurso necesario para tomar una posición de prescindencia del Otro que permita decir desde su lugar, mas eximida que atada y comprometida. 

Dice Virginia: “no necesito odiar a ningún hombre”.  Esta posición que contrasta claramente con la demanda por tener,  nos va a resultar compatible cuando más adelante podamos deducir algo de ese otro goce, a veces denominado femenino. Este más allá  del amor y el odio, hace posible descolgarse de la dependencia del Otro. Tanto que se dependa de ese Otro, como imaginar que ese Otro amenace depender. Pesa tanto una como la otra pues encarna la fantasmática de un lado y del otro. 

 Virginia, llegada la guerra y el ocaso de su vida parece haber pagado bastante caro sus palabras. No resultó gratis la experiencia de ver su escritorio, tal como lo relata en su correspondencia con la Okampo como ella le llamaba –su  cuarto propio- destruido.  

Apoyada en algunos indicios supo premonizar que cien años después, o sea casualmente en estos tiempos, las mujeres habrían de dejar de ser el sexo protegido.

Anonimia 

Otra cuestión que captó nuestra atención es la referencia a la anonimia que según dice es de carácter femenino, tanto en hombres, mujeres y demás. En este asunto nunca falta la ironía de mujeres con pseudónimos de varón: Currerr Bell, George Elliot y la/el más conocida/o George Sand. Hay algo de esa posición donde el nombre tal como se entiende tontamente,  no importa. Al respecto imagina una leyenda: “Aquí yacen los restos de una mujer cuyo nombre ha sido escrito en el agua”. Lo leemos como una forma inteligente, de hacerse un nombre que se escribe como acto en su letra. ¡Vaya si ella lo logró!

Histerizar

Durante el tiempo que lleva la puesta en forma de un análisis, es decir en sus comienzos, a la indicación lacaniana de histerizar el discurso la sostenemos con un cierto agrado. En el caso del $ como semblante, eso nos entusiasma ya que nos encamina en el trabajo mientras el discurso se vivifica. Imaginamos que podemos analizar y eso sin duda nos otorga un lugar. La barra, quiérase o no, se confiese o no, opera como un facilitador que aligera significantes. La cadena se pone chispeante, la escucha destila efectos de sentido, el S1 hace de las suyas pero el goce también y como sabemos ese amo está destinado al jaque en el marco del amor de transferencia. Lo decimos porque eso tiene algo de goce, entonces lo que parece fácil encubre y produce la dificultad. Easy comes, easy goes. El amor no es el goce pero el de transferencia es su ámbito. “le ofrecemos al paciente una palestra donde escenificar todo su pulsionar patógeno” Es Freud hablando de la transferencia. Mal necesario para lo imposible del análisis. 

En ocasiones solemos tener la sensación de personas que “se analizan casi solas”.  Al creer reconocer en ese funcionamiento a un analizante, ya tenemos montada la emboscadura del amor. De eso se goza. El lugar del analista siempre tiene algo incómodo por eso hay jornadas de mucho cansancio, efecto de goce en el cuerpo.  ¿Enfermedad profesional? 

Hay un segmento temporal necesario en la construcción de un espacio análitico, un umbral que se construye para transponerlo. Cuando esto no sucede, intuimos que la consulta no prosperará y por ende no habrá sido más que un ademán infructuoso. Tiempo de retirarse en silencio, tal como supo indicarlo el maestro. Resta decir, antes de gozar con una escena de desperdicio. 

Hasta aquí una versión del análisis, que todos conocemos.   De hacerse posible una consulta, ello responde a una especie de inconciente amable de evidente significación fálica. Lacan en el Sem 18 dice que no hay más bedeutung que del falo, denunciando su propia formulación como un pleonasmo.  

Ahora bien, no es que el tratamiento del goce allí es esquivado o eludido. Por el contrario, el goce se encarga tempranamente de hacerse sentir, por ejemplo cuando se pone en juego el relato de un fantasma en las primeras entrevistas. ¿Acaso se trata de un sinvergüenza?  Probablemente no. Se trata de una confesión al amparo de la palabra gozosa, de relatar todo el sufrimiento que depara la imaginación neurótica. Después de todo, mientras se dice no se hace. Amparo que brinda esa escucha sin censura aparente de un analista provisto en la suposición de quien consulta, de una técnica –así se decía- que le enseñó a no ruborizarse. ¿Un analista eximido de goce?  ¿Analista sin fantasma como le escuché alguna vez decir a un colega?

Aquí evocamos a ese fulano que no prosiguió su consulta al descubrir en el gesto de despedida que dado su relato, su pretendido analista había terminado con sus manos transpiradas…signo de goce según él.

Histerizar el discurso genera  responsabilidad en quien dice lo suyo, responde por el lugar que ocupa “en el desorden que denuncia”(Freud con Dora). Allí hay responsabilidad pero limitada. ¿Qué limita? Respondemos,  el falo.  El significante mientras expone, ampara y preserva. Lo limitado –acotado se dice- es justamente el goce. ¿Qué goce? Fálico. ¿se acota o  se redistribuye? Freud decía que a un río no se lo corta, se lo desvía, se lo embalsa, se rectifica su cauce o diversifica, pero nunca se lo detiene. El analizante  “no sabe lo que le espera” (Lacan sem 11),  no aventura qué será capaz de hacer su análisis con su goce. Se supone que está con nosotros para eso.

Hasta aquí, lo concerniente a la histerización deseable para la puesta en forma del discurso a los fines del inicio de un análisis. Edipo y Nombre del Padre son en este tiempo los parámetros tradicionales de los que tomarse.  

¿Que si hay análisis que llegan sólo hasta aquí? Respondemos que si. ¿Que si en ese caso se puede hablar de alguna forma  de  interrupción? ¿Qué si tiene que ver con lo que Freud definía como cura por el amor? Es para el debate.

 ¿Deshisterizar?

Que operemos con una modalidad temporal solidaria de otra lógica no quita que podamos establecer los hitos de un análisis y los periodos por los que el mismo atraviesa. El reconocimiento de esos tiempos orienta la intervención del analista. Por ejemplo, situar las instancias en la construcción del fantasma.  

Si tomamos el  nudo achatado de la Tercera (Lacan 1974) como soporte, podremos ver allí establecidas las diversas modalidades de los goces. Goce fálico entre lo simbólico y lo real, menos el a. Goce el Otro entre lo imaginario y lo real meno el a. El sentido entre lo imaginario y lo simbólico menos el a. Como vemos ese punto central donde se ubica lo restado a cada goce es el plus de goce. Aqui dice Lacan  que es donde conecta todo goce.

 A propósito de ello, se nos impone una discriminación a realizar. Por momentos nos parece algo muy evidente y por momentos no tanto. Aludimos a la diferencia entre lo que se denomina Goce del Otro y nuestro tema central, el goce otro o goce femenino. Uno alude al goce que no existe pero genera efectos, por ejemplo en las psicosis y algunos episodios neuróticos. Otro refiere a cierta experiencia de carácter femenino del que no tardaremos en ocuparnos. De hecho, de una lado tenemos al fuera de discurso de la psicosis y del otro un fuera de lenguaje en el goce otro o femenino. No se podría afirmar que el éxtasis o trance que caracteriza la experiencia del goce otro se equipara a un brote alucinatorio en la psicosis. No se trata, por ejemplo, del empuje a la mujer en Schreber. No obstante, el acceso a tal modalidad de goce otro en hombres, mujeres y demás, presenta aunque más no sea en lo descriptivo,  cierta pérdida de parámetros normativizantes que evocan una suerte de enloquecimiento. Justamente allí decimos que hay extravío de la brújula fálica. Ya no estamos entonces en la dimensión de un discurso histerizado, sino mas cerca de su contrario, a saber una deshisterización. Esto es que el falo ya no rige como efecto de ley paterna, el Edipo freudiano no oferta ni salida ni destino, no es a favor ni en contra del padre y todo hace pensar en una experiencia de desubjetivación. Igualmente, para nuestro alivio,  el nudo deja en claro que los goces coexisten en el hablanteser y si bien no se trata de un equilibrio, si de una diversificación a sostener anudada. Hay que advertir en este punto, que el pasaje al acto configuraría por cierto en este caso un derrape infeliz. 

Asimismo, si de fantasma atravesado hablamos al fin del análisis como modo de hacer con el goce, esto puede emparentarse justamente con el significante de la falta del Otro que Lacan ubica a la izquierda del piso superior del grafo del deseo. En el registro de lo inefable, de lo que no se dice. Aquí el goce esta en el limbo. Absolutamente diverso del parloteo del síntoma, tiempo en que se goza de lo inconciente con derecho pero luego con abuso. Si no se detecta ese exceso, el análisis se estanca inevitablemente, pues queda patinando de significación en significación en busca de una verdad simulada.  Corresponde hacerlo avanzar para conmoverlo de ese principio del placer, Lacan dice, a riesgo de un enloquecimiento en la transferencia en reclamo de la elucidación perdida. Si damos ese salto y salimos de allí, lo que nos espera no es más sencillo. 

He aquí nuestro tema, el goce otro. Goce que no se liga a nada, que no refiere  a nada, no implica un ideal, mucho menos una buena voluntad. Ningún Otro responde allí por nadie, por ende inconsiste más que nunca la identidad pues ya no hay interés en sostenerla. Recordemos aquí la referencia de Woolf a la anonimia.   No rige instinto alguno de preservación aunque está lejos de ser un suicidio. Es una experiencia de desamarre –y es en eso que se asemeja sin serlo a un desencadenamiento psicótico-, una locura si se quiere transitoria, un trance. Se siente pero no se dice y como no se dice no se explica porque no se depende del Otro. Hay más bien un desentendimiento del Otro que tampoco es autismo ni egoísmo porque no es para el ego. Es el espíritu lo que allí juega, por más confuso que ese término nos resulte a los analistas. A la vez, quisiéramos diferenciarlo del éxtasis que refieren  los místicos, lo dejo para el debate.

Sandor Marai dice: “Como cada beso humano, es también una respuesta –a su menera distorsionada y tierna- a una pregunta que no se puede formular con palabras” (El ultimo Encuentro) 

Tiempo en que cae el sistema de lo inconciente, propusimos que se suspende,  fue la figura más aproximada que pudimos encontrar. Quizas, si la presentación no los agobia, agregaremos un relato de la clínica que intenta traerlo a colación. 

                                                                    

                                                               Marcelo Peluffo 

                                                                              Abril/23


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