Esta frase coloquial que le escuché a un músico roquero, me hizo volver sobre la pregunta de Patricia Factorovich en nuestro encuentro de marzo, que inauguró el trabajo de este año, y que decía así:
¿Ustedes analizan hoy de la misma manera que hace 20,30,40 años?
Pensé que la respuesta podría ser simplemente No. Pero luego encontré que es más compleja, es No y Sí a la vez.
O como le gustaba decir a Freud, a veces sí y a veces no.
NO porque hay muchas novedades en nuestro quehacer profesional (pantallas y vínculos virtuales, frecuencias en las sesiones, el uso del diván, etc.) y SÏ porque hay cosas que son invariables y que hemos abrazado definitivamente en nuestra tarea (el inconsciente y sus manifestaciones, el lugar de fantasma en las distintas neurosis, el goce en el síntoma, etc.)
Esta misma pregunta que nos hizo Patricia, fue el disparador de nuestra charla casi íntima (éramos 6 o 7) en la reunión de abril que no contaba con un orador designado y que fue muy rica en comentarios y transmisión de experiencia.
Y fue cuando escuché al roquero que tomé dos decisiones: que hoy iba a empezar por ahí en mi presentación (“treinta años de cualquier cosa es un montón”) y que trataría de dar cuenta de una parte de mi trayectoria profesional. Trayecto en una palabra que me gusta mucho, del latín: tractus “camino recorrido” pero también significa “arrastrar” y es esta última acepción la que me interesa hoy en particular.
También debo confesar que me quedé con una frase de Marcelo Peluffo que me llegó como “mucha verdad” para mí: “debemos agradecerles a los pacientes que nos pagan para que aprendamos”. ¡Es tan cierta!
Entonces: el roquero, Patricia y Marcelo en orden regrediente, fueron causa en mi trabajo de hoy.
Dicho lo cual, me quiero referir a uno de los límites (¿o debiera llamarlo obstáculos?) en nuestra tarea.
Me refiero a la Reacción terapéutica negativa enunciada por Freud en distintos trabajos (El Yo y el ello, 1923. Análisis terminable e interminable, 1937)
Y me apuro a decir que no es sin el transcurrir del tiempo, (el tiempo de un análisis) que este fenómeno, así lo llama Freud, tiene lugar.
Consiste en un “retroceso” en el devenir del análisis. Partiendo de la idea que un análisis abre a la posibilidad de una nueva economía (de goce en el decir de Lacan) una nueva distribución libidinal (en la teoría freudiana) y con ello un deseable levantamiento sintomático, la Reacción Terapéutica Negativa produce un redoblar de lo adverso, una huida hacia el refugio conocido de los síntomas. Y es, a la vez, un desafío al análisis y (¿por qué no?) al trabajo realizado con y por las intervenciones del analista.
Quiero presentar un recorte clínico, advertida de mi fallida participación en un momento del análisis.
Creo firmemente en que las presentaciones de casos tienen sentido en tanto permitan reflexionar sobre los obstáculos que se nos presentan aun cuando esos obstáculos y sus consecuencias sean generados por el analista.
Juan tiene 44 años, es músico y hace más de 20 que se analiza, salvo un par de oportunidades en que suspendió por distintas causas.
Lo llamativo es que en esas oportunidades, en ausencia de su análisis, tuvo dos accidentes practicando deporte, que lo llevaron al quirófano para operaciones bastante serias (acá agrego que su padre es un deportista muy conocido en esa práctica en la que Juan se lesionó zonas óseas).
Transcurridos los años de análisis, en repetidas ocasiones se trabajó sobre esas circunstancias y la particularidad de que “hubieran sucedido” durante las suspensiones del mismo.
Hace unos meses atrás, ante algunas buenas noticias que estaba comentando, yo expresé mi contento sobre su nueva forma de estar en el mundo, que incluía buen humor y optimismo. Novedoso en él, que antes siempre encontraba el lado obscuro de lo que le pasa.
Con ese dato, más los cambios habidos en relación a los síntomas, hacía ya un tiempo que yo venía pensando en un final del análisis de Juan que ya se prolongaba tanto.
Le propongo, entonces, que espaciemos las sesiones.
El resultado de esa intervención y haber expresado mi contento por sus cambios, fue y es aún, lo que yo llamaría descriptivamente, una marcada hipocondría que no le deja hablar de nada más que de su cuerpo y las supuestas dolencias que lo aquejan.
Son todos síntomas ligados a la autopercepción corporal desprovistos de dolor y que yo calificaría de “síntomas menores” variopintos, como hormigueos, pérdida de sensibilidad en algunas partes del cuerpo, calor en otras y adormecimientos que él atribuye a esas dos intervenciones quirúrgicas. En particular, a la última, que fue hace 15 años.
Mucha preocupación de su parte, despliegue de consultas y gran cantidad de estudios a pedido de los distintos especialistas. Me envía numerosos audios y mensajes con los detalles de cada consulta. Tuve que pedirle que acotara esos envíos, al mismo tiempo que lo cité de forma presencial en el consultorio.
Los médicos y kinesiólogos tratan de convencerlo de que no hay nada que justifique su extrema preocupación. Pero no lo logran.
Hasta que finalmente, encuentra un par de neurocirujanos que le ofrecen operar nuevamente, casi como para confirmar que no haya riesgo futuro.
En realidad, el riesgo es la operación misma.
Gran conmoción y vacilación sobre a quién elegir para ese gran paso. Ahora todo se encamina hacia el quirófano con gran alarma de mi parte.
Su mujer es uno de sus interlocutores preferidos y, por su puesto, sus padres (Juan es hijo único): a ellos les hace muchos reproches porque, coincidentemente, le negaron la ayuda económica que él exigía para mudarse, dado que ya le habían comprado su vivienda actual.
Esa negativa y mi intervención desataron hasta aquí el episodio de su hipersensibilidad en el cuerpo.
Quiero darle valor de tope a lo que podría haber sido un final de análisis, rechazado inconscientemente, aferrándose de forma gozosa a los efectos sintomáticos ya conocidos.
En términos freudianos, victoria del severo Superyó frente al Yo con necesidad de castigo. Reacción a la cura misma y agravamiento frente al “progreso” del análisis.
En 1920 cuando Freud escribe Más allá del Principio del Placer, se refiere a la compulsión a la repetición como subordinada a una pulsión tan poderosa como para hacer caso omiso del Principio del Placer.
Sin nombrarla todavía, sabemos que está introduciendo la Pulsión de Muerte.
Podemos preguntarnos qué vinculación se puede encontrar entre la compulsión a la repetición, sentimiento inconsciente de culpa y la Reacción Terapéutica Negativa, (vía el pasaje por la Pulsión de muerte.)
¿Estarían Reacción Terapéutica Negativa, compulsión a la repetición, la culpa inconsciente y la Pulsión de Muerte, anudados en un momento que podría ser límite del análisis?
Cuando Freud aborda la 2ª tópica, le da un lugar al Yo que aparece en varios trabajos como “alterado” al final de un análisis.
Entonces, No sólo el levantamiento sintomático sino también las alteraciones del Yo marcan un objetivo del análisis en distintos textos de Freud (por ej. Psicología de las masas y análisis del Yo, de 1921).
En El Yo y el ello (1923) el Yo mediador entre Ello y realidad (y a instancias del Superyó) demora y pospone la satisfacción pulsional.
Cito a Freud en uno de sus últimos textos editados en vida, Análisis terminable e interminable de 1937:
“Hay alteraciones pre-existentes por obra del proceso defensivo, que deben ser canceladas en el análisis. Ello produciría nuevas alteraciones yoicas, esta vez, ventajosas.”
Sabemos cuánto le molestaba a Lacan esta 2ª. Tópica freudiana.
En sus términos, Lacan entroniza al goce en el núcleo mismo del síntoma.
Así podemos mencionar en la rutina neurótica, la feroz defensa del goce y el aferrarse a él tratando de evitar el cambio en la posición subjetiva.
El goce como un exceso que no queremos reconocer como propio, presente desde el inicio en la relación del ser hablante con su cuerpo. El goce transgrede los límites del placer.
¿Qué relación tiene ese goce con el deseo del analista operando? Hay Intento de respuesta en la cita de Lacan:
“El deseo del analista no puede ser sino lo que sostiene el deseo del Sujeto, en tanto éste se enfrenta a su falta”
Para concluir:
Si, por el contrario, el deseo del analista entra en consonancia con un Ideal (ya sea moral o pedagógico) producirá efectos de rechazo en el analizante.
A eso podemos llamarlo RTN, en particular, en un supuesto, final de análisis.
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